jueves, 30 de diciembre de 2010

Mi cama

     Hace tiempo, mis padres se hicieron, con mucho cariño y dedicación, una casa.
    Decidieron que, aunque tardasen varios años, la decorarían con aquellas cosas que mas les gustaran, daba igual lo que costara. Para mi habitación, mi madre pensó que sería estupendo hacer un armario de madera y cristal, con visillos por detrás. Y que quedaría perfecta si comprásemos una cama de forja antigua y la consiguiésemos restaurar.
    Ahorraron unos meses, y un domingo nos levantamos temprano y fuimos, de cabeza, al rastro. Dimos muchas vueltas hasta que, por fin, dimos con la cama perfecta. A las pocas semanas la teníamos en casa y, en cuestión de días, ya le podía poner las sábanas. ¡Era preciosa! Tenía unos hierros muy altos y cuatro bolas doradas.
    Pasaron varios meses hasta que empecé a notar cosas raras. Al principio eran pesadillas donde la gente aparecía degollada, luego vino la sensación de que, mientras dormía, me observaban. No llegué a darme cuenta de que todo esto podía provenir de mi cama hasta que, una noche, me sucedió una cosa muy extraña... Me acosté, como siempre, pensando en lo que tenía pendiente para mañana. Estaba tan absorta en mis cosas que no me daba cuenta de que los boliches de mi cama temblaban, era lógico que esto ocurriera al tumbarme pero no cuando ya llevaba un rato acostada. Del susto, se me cortó la respiración, se me agudizó el oido y encendí la luz acelerada, ya no sonaba nada. Decidí volver a acurrucarme y no darle importancia pero, en lo que volvía a mis pensamientos, oía otra vez tintinear... ¿Por qué?, ¿si estaba totalmente inmóvil? Cuando me empeñaba en buscar su origen, el dichoso sonido cesaba. Como estaba empezando a inquietarme, pensé que lo mejor era quedarme quieta, totalmente relajada y concentrarme en averiguar qué era lo que tanto me asustaba. Fué entonces cuando descubrí en la penumbra de mi habitación que, efectivamente sin motivo alguno, las bolas de las cuatro esquinas de mi cama descaradamente temblaban. Salí horrorizada de mi cuarto y pasé la noche con mi hermano.
   A la mañana siguiente, me contaron que existe una leyenda sobre antigüedades que cuenta que los muebles viejos recuerdan su historia. Y que, en ocasiones, el espíritu de sus dueños y de los acontecimientos que han vivido les acompaña.
   Desde ese momento, para evitar que me pudiera ocurrir nada, envolvimos bien mi cama, la bajamos al sótano y compramos otra en el ikea, menos mona pero mas segura y barata.




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